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LA 'SISTEMATIZACIÓN' DE RUMANIA

El Hiroshima de Ceaucescu

En junio de 1971 Nicolae Ceaucescu visitó China y Corea del Norte. El Conducator regresó a Rumanía muy impresionado por la majestad que desplegaban Mao Zedong y Kim Il Sung. Mientras el burocratizado comunismo europeo mostraba signos de fatiga y estancamiento, el Extremo Oriente y sus excesos formales renovaban la confianza en el socialismo de los viejos revolucionarios.


	En junio de 1971 Nicolae Ceaucescu visitó China y Corea del Norte. El Conducator regresó a Rumanía muy impresionado por la majestad que desplegaban Mao Zedong y Kim Il Sung. Mientras el burocratizado comunismo europeo mostraba signos de fatiga y estancamiento, el Extremo Oriente y sus excesos formales renovaban la confianza en el socialismo de los viejos revolucionarios.

De todas la maravillas que el dictador contempló en su gira, la que más hondo le llegó fue el Juche, ideología oficial del régimen norcoreano que consistía (y sigue consistiendo) en una adaptación del marxismo más ortodoxo a la cultura local. Ceaucescu, gran propagandista, era muy dado a tragarse la propaganda de los demás, especialmente si venía bien envuelta en los celofanes que gustan a los tiranos. Se creyó al pie de la letra lo que le había dicho Kim Il Sung sobre el "estado de las masas", artífice del renacimiento norcoreano, y, tras reflexionar sobre ello en el viaje de vuelta, alumbró un ambicioso plan para regenerar Rumanía de un modo integral.

El plan se bautizó como Sistematizarea y fue anunciado tan pronto como la oficina correspondiente tuvo listos los detalles. No pretendía, como el Juche, adaptar el culto marxista a la realidad rumana, sino rediseñar el país conforme a unas normas racionales y científicas para alcanzar el soñado desarrollo económico, que, llegado el momento, permitiría dar el salto de la dictadura del proletariado a la fase final de la Historia: el socialismo puro.

La sistematización perseguía dos objetivos fundamentales: acabar con los pueblos pequeños, cuya existencia era, en palabras del líder, algo "irracional", y reordenar urbanísticamente las grandes ciudades borrando, siempre que fuera posible, todo resto del pasado. Ambos exigían sacrificios y un gasto considerable de recursos. Pero nadie osaba oponerse a Ceaucescu, así que el programa arrancó inmediatamente con una hoja de ruta cuidadosamente trazada. La orden a los planificadores fue terminante: para 1990, el número de ciudades debía doblarse.

El experimento comenzó en la región de Moldavia. Los pueblos por debajo de 1.000 habitantes fueron borrados del mapa y sus pobladores trasladados a la fuerza a pueblos mayores. Para acogerlos se levantaban a toda prisa bloques de viviendas que nunca podían ser de menos de dos plantas. Las pequeñas parcelas para uso privado –muy habituales hasta entonces en el medio rural– fueron prohibidas, lo que ocasionó escasez. El campo rumano vivía en gran parte de estas parcelitas, en las que los rústicos cultivaban hortalizas y legumbres para consumo propio. Para Ceaucescu, sin embargo, estas microexplotaciones agrarias eran un resabio del pasado que no tenía lugar en la nueva Rumanía.

Los primeros desplazamientos forzosos crearon gran malestar en Moldavia, cuyos habitantes, con razón, se sentían como conejillos de indias del último programa estatal. Para que nadie pensase que había animosidad alguna contra esa región, Ceaucescu dio órdenes para que su pueblo natal, Scornicesti, fuese arrasado, nivelado y reconstruido desde cero con bloques estándar de viviendas. Sólo se salvó, por una cuestión sentimental, la casa que le había visto nacer sesenta años antes, un caserón de madera con tejado a dos aguas que era venerado por todos los vecinos de la comarca y que la propaganda del régimen utilizaba a menudo para remarcar el origen humilde y campesino del máximo dirigente.

El hecho es que Scornicesti era una simple aldea destinada a desaparecer bajo el buldózer, pero eso no pasaba por la mente de Ceaucescu. Se saltó sus propias normas y la convirtió en ciudad modelo de la sistematización. Primero la declaró ciudad y luego hizo que varias fábricas estatales se mudasen hasta allí. A modo de remate mandó construir un inmenso estadio de fútbol con capacidad para 30.000 espectadores, en el que jugaría el recién fundado equipo de la localidad.

La primera parte del plan avanzaba a buen ritmo... cuando sucedió algo inesperado. El 4 de marzo de 1977 un violento terremoto sacudió Bucarest. Fue una tragedia en la que murieron más de 1.500 personas y se derrumbaron decenas de edificios. A Ceaucescu la catástrofe le inspiró una perversa idea que tenía que ver, y mucho, con su plan de sistematización. Ya que buena parte del casco histórico de la capital estaba afectado por el seísmo, lo mejor sería terminar el trabajo que la naturaleza había dejado a medias y erigir sobre las ruinas la nueva Bucarest.

El plan era grandioso, mucho más que cualquiera de los muchos que había trazado en sus años de gobierno. Ceaucescu, además, y como buen pueblerino, odiaba Bucarest. La un día refinada y cosmopolita corte de los Hohenzollern-Sigmaringen representaba todo lo que él aborrecía. La propaganda oficial lo remachaba con frases grandilocuentes. En la Rumanía socialista, decía, "las fuerzas proletarias aliadas con los campesinos y los intelectuales" habían alcanzado "sorprendentes logros frente a los palacios construidos por la burguesía y los latifundistas a costa de la explotación de las masas".

Bucarest estaba lleno de palacios, tantos y de tal calidad arquitectónica que se la conocía con el sobrenombre de "París del Danubio". Ceaucescu actuó rápido. Suprimió la oficina estatal de patrimonio y reunió un comité de 400 urbanistas para rehacer el centro de la ciudad a su antojo: ellos estaban ahí para dibujar; él, para pensar.

En lo primero que pensó fue en levantar un gigantesco palacio que ocuparía lo que había sido durante siglos el corazón de la ciudad. De este palacio saldría una avenida monumental al estilo de los Campos Elíseos parisinos flanqueada por modernos edificios de estilo soviético, que servirían de residencia a la aristocracia comunista. A ambos lados de la gran avenida se trazaría una nueva trama urbana de calles amplias que no dejasen ni rastro del Bucarest medieval.

El plan era tan delirante que no tardó en encontrar oposición. No tanto dentro de Rumanía, porque eso era imposible, como fuera. El Gobierno húngaro y el de Alemania Oriental protestaron personalmente ante Ceaucescu por la salvajada que se disponía a cometer. Pero la sistematización era algo muy serio que no podía detenerse. En 1984 comenzaron las obras para la mayor demolición de la historia de Rumanía. Había que liberar ocho kilómetros cuadrados (cuatro veces el Principado de Mónaco) para hacer sitio al palacio y la avenida. El primero se llamaría Palacio del Pueblo; la segunda, Avenida de la victoria (del socialismo, claro).

Veinte iglesias, tres monasterios, tres sinagogas, tres hospitales, dos teatros y un estadio pasaron a mejor vida. Junto a ellas, infinidad de edificios, en los que vivían 30.000 personas, que fueron trasladadas a bloques sistematizados del extrarradio. Para cubrir el expediente ante quienes, en el extranjero, se quejaban, el Gobierno dio orden de salvar ocho iglesias de estilo bizantino, que fueron colocadas sobre raíles y sacadas de allí. La propaganda aprovechó los traslados para presumir de la alta capacitación técnica de los ingenieros revolucionarios, inspirados por la visión del líder, que se reinventaba Bucarest salvaguardando lo mejor de su patrimonio histórico. Dentro nadie se lo creía, conocían bien de cerca al ogro. Los rumanos pronto acuñaron un término para referirse al gran proyecto del nuevo Bucarest. Ceaushima lo llamaron, en una afortunada contracción de Ceacucescu e Hiroshima.

Cinco años después de la gran demolición, Ceaucescu y su infame régimen cayeron tras un levantamiento popular. Para entonces la Sistematización había alcanzado ya sus últimos objetivos. El Palacio del Pueblo, enmarcado dentro de un gran complejo al que se denominó Centro Cívico, era ya el mayor edificio del país y uno de los más grandes del mundo. En muchos lugares de Rumanía, aldeas centenarias habían desaparecido dejando su lugar a campos de labor y desvencijadas industrias que daban empleo a ciudades sin alma de bloques prefabricados. La Idea, una vez más, lo había devastado todo.

 

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