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URSS

Las tres vidas de Pavlik Morozov

El 4 de septiembre de 1932 aparecieron los cadáveres de dos niños en un bosque cercano a Gerasimovka, una aldea dejada de la mano de Dios en mitad de los Urales. Los niños, Fiodor, de nueve años, y Pavel, de trece, eran hijos de un campesino local que poco antes había tenido problemas con la policía por cuestiones ideológicas.


	El 4 de septiembre de 1932 aparecieron los cadáveres de dos niños en un bosque cercano a Gerasimovka, una aldea dejada de la mano de Dios en mitad de los Urales. Los niños, Fiodor, de nueve años, y Pavel, de trece, eran hijos de un campesino local que poco antes había tenido problemas con la policía por cuestiones ideológicas.

Pavel, un joven pionero de la Juventud Comunista, había denunciado a su padre, Trofim Morozov, por actividades contrarrevolucionarias. Al parecer, el padre se oponía a la colectivización de tierras que estaban llevando a cabo las autoridades soviéticas en aquel momento y, no contento con eso, se había dedicado a falsificar documentación para entregársela a los enemigos del Estado. Esto le supuso la detención y un juicio sumario que le costó diez años de trabajo forzoso en el Gulag.

Algunos familiares de los niños buscaron vengar la memoria de Trofim y llevaron a los niños al bosque, donde los asesinaron a sangre fría, cortándoles el cuello con una sierra. La policía les siguió la pista, los arrestó y, tras arrancarles la confesión, los condenó a morir en el paredón. Poco después compareció la madre, Tatiana Morozova, que aseguró ser una mujer tremendamente infeliz a quien el bárbaro de su marido golpeaba de continuo.

Las revelaciones de Tatiana cerraron el círculo. Trofim era, amén de un espía al servicio de los enemigos de la Unión Soviética que traficaba con información privilegiada, una mala persona de agrio carácter y habituado a maltratar a los suyos. Esta última prueba aportada por su esposa transformó la benigna pena de diez años que las autoridades le habían impuesto por la de ejecución inmediata. Se había hecho justicia revolucionaria. El caso quedaba cerrado.

Pronto alguien en Moscú advirtió las infinitas posibilidades que ofrecía una historia como la de Pavel, rebautizado a toda prisa por su diminutivo Pavlik (Pablito), para aleccionar a las masas sobre lo perversa que podía llegar a ser la reacción antisoviética. Serviría también para ilustrar al país entero de las bondades y la oportunidad de una denuncia a tiempo, incluso dentro de la familia. La Unión Soviética sería generosa con todos los que, sin importar su edad y condición, descubriesen a los contrarrevolucionarios que, ocultos en el paraíso socialista, tratasen de destrozarlo mediante sucias mañas.

El joven Pavlik se convirtió en una celebridad nacional. El Gobierno le declaró mártir y promovió su culto civil mediante estampas y carteles que tapizaron las paredes de todo el país. Se erigieron estatuas del niño héroe y muchos colegios y centros juveniles adoptaron su nombre. Se inauguró un museo dedicado a su persona en Sverdlovsk, la capital de su región natal, hasta donde peregrinaban grupos de jóvenes del Partido para comprar souvenirs y retratarse en una réplica del aula donde había estudiado el crío.

Los niños de todas las escuelas le escribían poemas que luego competían en certámenes celebrados al efecto. Se llegó incluso a componer una ópera sobre su trágica epopeya, que fue profusamente representada. Serguei Eisenstein rodó una película, El Prado de Bezhin, inspirada en la historia. Curiosamente nunca llegó a ser estrenada porque a las autoridades les pareció que el director trataba a los personajes hostiles al régimen con una luz demasiado favorable.

El culto al camarada Pavlik fue intenso durante el estalinismo, especialmente entre la infancia. Se mantuvo durante los años de Jruschov y Breznev y luego, ya en la década de los ochenta, cuando el sueño soviético se había evaporado de las mentes de los rusos sin que el Partido pudiese hacer nada para remediarlo, fue perdiendo fuerza hasta prácticamente desaparecer.

Fue entonces cuando Yuri Druznikov, un escritor maldito que más tarde se exiliaría en Austria, investigó a fondo el asunto para dar con la verdad del caso Pavlik. Fue un trabajo lento y costoso cuyos capítulos circulaban por la URSS mediante samizdat, textos clandestinos que se pasaban de mano en mano para eludir la censura. Esos samizdat cruzaron el telón de acero y aterrizaron en el Reino Unido. Allí vio la luz, en 1988, la primera edición de Informante 001: el mito Pavlik Morozov, que no tardó en ser traducido a varias lenguas.

La tesis de Druznikov partía de la misma existencia de un único Pavlik, que bien podrían haber sido ser varios, ya que en la propaganda soviética los retratos del niño eran muy diferentes. Pese a todo, el autor creía que sí, que hubo un Pavel Mozorov natural de Gerasimovka que vivió a principios de los años treinta. Pero no fue asesinado por su familia, sino por un agente de la Cheka con quien el propio Druznikov había llegado a trabar contacto. Los abuelos existieron también, pero no fueron los asesinos, sino víctimas inocentes de un burdo montaje de la NKVD encaminado a fabricar un héroe campesino que sirviese de ejemplo a los aldeanos de aquella provincia, la de Tobolsk, muy reacia a adoptar la colectivización agraria.

Según la investigación, el abuelo, destrozado tras la desaparición de Pavlik, llegó a organizar una partida campesina para dar con el niño en los bosques aledaños. En esta segunda vida de Pavlik Morozov, el niño ni siquiera militaba en la Juventud Comunista ni integraba las brigadas locales de pioneros por el socialismo. Druznikov, con una avalancha de datos inéditos, descartaba cualquier denuncia al padre y, por descontado, la subsiguiente venganza. Había sido todo mentira. Un simple y desgraciado asesinato de la policía política en una remota aldea de la Rusia profunda que fue sabiamente reconvertido por la propaganda en una bella historia de heroísmo revolucionario, muy acorde, por lo demás, con los valores antifamiliares y antitradicionales que propugnaban los mandamases soviéticos.

Años después, cuando la historia de Pavel Morozov estaba prácticamente olvidada, Catriona Kelly, una profesora de ruso de la Universidad de Oxford, la revivió con otro libro: Camarada Pavlik: auge y caída de un niño-héroe soviético. Kelly, basándose en gran parte en las investigaciones de Druznikov, alumbró una tercera vida. Morozov no fue asesinado por la NKVD, sino que murió accidentalmente en una pelea callejera por la posesión de un arma. Kelly obtuvo autorización para meter las narices en los archivos de la FSB (sucesora de la KGB y de la NKVD), por lo que la polémica con los partidarios de la segunda vida de Pavlik Morozov estaba servida. La FSB no iba a aceptar un asesinato así como así, de manera que ocultaron la culpa de la agencia dejando el resto intacto.

Kelly tuvo muchos problemas para revivir al Pavlik histórico, ya que, después de medio siglo de culto martirial, todo a su alrededor estaba distorsionado. Encontró una foto, la única genuina, del verdadero Pavlik. No era, tal y como aparecía en los carteles propagandísticos, un niño de bellas y equilibradas facciones con un pañuelo de pionero anudado al cuello, sino un chiquillo malnutrido y de aspecto miserable. Es decir, el mismo semblante que en los años de la colectivización presentaban casi todos los niños del campo soviético.

Pavel Morozov, el camarada Pavlik, sigue siendo un enigma histórico. Sabemos a ciencia cierta que existió y que murió en extrañas circunstancias a finales del verano de 1932 en un olvidado rincón de Rusia. Sabemos también que la policía política montó en torno a su muerte una morbosa historia de crimen familiar de la que luego se aprovechó el Partido para apuntalar ciertas verdades revolucionarias. Pavlik Morozov era el primer hombre nuevo, un individuo puro, sin tacha, sin resabios de la edad burguesa dispuesto a inmolarse por la causa del socialismo. Un producto tan atractivo que, como nunca existió, tuvieron que inventárselo.


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